El silencio, territorio vedado (brevemente, la banda sonora de Brokeback Mountain) | Por Ezra Gibrán.


El viento es una fuerza silenciosa, subrepticia pero contundente. Desde la oscuridad, antes del amanecer nos descubre el paisaje, las montañas desiertas, la carretera nublada. Esa es la primera secuencia de Brokeback mountain, una atmósfera y apenas unos acordes que la iluminan, los faros de un autobús que avanza en medio del frío. Me pregunto qué pasaría sin esa guitarra, que apenas dibuja una melodía y cede su lugar al ruido del tren, al capataz y luego el silencio otra vez.


Han pasado 15 años desde el estreno de la película en las salas de cine, éxito taquillero, que además de darle un clásico a la comunidad Gay, le regaló varios reconocimientos al elenco y a sus realizadores. Uno de ellos fue el Oscar a la mejor banda sonora, compuesta por el argentino Gustavo Santaolalla. El fallo no dejó de causar opiniones encontradas, incluso se hizo la crítica de que la música únicamente ambientaba la trama y no reclamaba protagonismo en ningún momento. Sin embargo, esa timidez de las piezas musicales es parte de un lenguaje distinto, un lenguaje fundado en el silencio que habla de algo impronunciable: un amor que no sabe explicarse a sí mismo, pero que acude a símbolos de diferente naturaleza para manifestarse.

Gustavo Santaolalla.

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La historia western de los amantes originalmente nació como un relato, que posteriormente Ang Lee llevaría a la pantalla grande, pero además; la composición del score (en su totalidad) fue previa al rodaje del filme. De manera que música e imagen parten en primera instancia de la palabra, donde se concentra la esencia de la historia. Esto significa que la primera tarea del compositor fue tomar la atmósfera narrativa y transformarla en un espacio donde se pudiera percibir la presencia de los protagonistas, su personalidad, la naturaleza de su conexión. De manera que esta banda sonora, no nace únicamente como un apoyo al desarrollo cinematográfico, sino como la narración misma —en un lenguaje musical— del romance entre los dos cowboys, que hasta después se incorporaría a filme. 


Este trabajo sobre las piezas musicales, que las configura como un espacio narrativo, establece un paralelismo entre la intimidad de los protagonistas y el paisaje. Esto no es nuevo en el arte, ya sé, pero Santaolalla lo realiza con gran maestría y sencillez. Ennis cabalga sobre un peñasco al amanecer después de pasar la noche con Jack, sus pensamientos se arremolinan intranquilos sobre su cabeza, la pieza musical entremezclada con el sonido del viento y un cielo nublado se ciernen gravemente sobre él. La tensión de los instrumentos de viento en compañía de los violines y el chelo anuncian una tormenta, la muerte de un cordero y una turbación que termina negando aquello que se sabe prohibido:
- “Lo que sucedió fue un hecho aislado” 
- “No es asunto de nadie. Solo nuestro”— responde Twist
- “Sabes que no soy marica”
- “Yo tampoco”
En la noche, un nuevo encuentro entre los protagonistas sucede en una atmósfera más ligera, regresa tímidamente la voz de la guitarra a escena, acaso con el temor de la disculpa de Ennis, que poco a poco desencadena una melodía de la que se desprenden los jugueteos de los amantes. La pieza musical de esta escena no se incluye en el disco oficial de la banda sonora, pero más allá de profundizar en esto, lo que me interesa hacer notar es que además de compenetrarse con el entorno —la melodía que proyecta una noche tranquila en la montaña, una noche de tregua para los protagonistas— la guitarra se va a convertir en el instrumento que dará voz al sentimiento amoroso de los protagonistas y desde entonces va a ambientar cada uno de sus encuentros. La guitarra es la expresión del deseo, pero también la evocación de Brokeback mountain, porque se trata de un amor que nace sin querer, escondido y a la intemperie aunque magnificente.

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Según los comentarios de Santaolalla, fue hasta después de terminar la composición del score que junto con el director hizo algunos arreglos a las piezas, considerando su ubicación en el largometraje y haciendo énfasis o modificaciones en ciertos elementos. De este trabajo conjunto resultan dos símbolos de gran relevancia: primero, la carga significativa del silencio al interior de las piezas musicales y en el largometraje; y segundo la interacción del score con los demás recursos sonoros empleados. Permítanme decir sólo algunas palabras al respecto.

Si hablo del silencio, no es de aquel que calla y deja un vacío, sino de uno que resguarda algo inalcanzable para la palabra, algo que no termina de comprenderse. Los encuentros carnales entre los protagonistas precisamente se dan en el filme sin ningún acompañamiento músical o sonoro. En esos momentos los cuerpos con necesidad, sus gestos algo toscos, encuentran su propia manera de revelar la tenura. Esto ocurre la primera noche que pasan juntos en la casa de campaña y después en el motel, cuando los protagonistas vuelven a reunirse después de 4 años. También durante el tránsito de la escena en la que Ennis y Jack forcejean en el pasto hasta que descubrimos a Arriaga (el capataz) observándolos a través de los binoculares, el sonido del viento terminará por desplazar a la pieza musical.  

Por otro lado, dentro de la composiciones ese silencio no va a tratarse del silencio que cae al termino de la pieza, sino de un silencio que habla entre notas. Y es que si Jack y Ennis no dan con las palabras que puedan definir esa conexión que los une, conexión apenas aludida como “lo de Brokeback”, o disfrazada con un “esto” (usualmente en tono amargo o de reproche); las piezas musicales que acompañan sus encuentros esporádicos también van a hacer notar con pausas silenciosas que se trata de un universo tan reservado, que apenas y se deja ver entre las sombras. Es como si los acordes apenas y alumbraran un poco de esa intimidad, pero sus cimientos se mantuvieran ocultos. En la pieza “Brokeback Mountain I” esto es especialmente notorio. Sus primeras notas: G, A, G, A —que desenvuelven lentamente el comienzo del vals— forman un estribillo que funciona como la enunciación del romance, la cual ha de repetirse en el largometraje. El estribillo se escucha por primera ocasión mientras Twist y Del Mar suben a las montañas de BrokeBack solamente acompañados de las ovejas, los acordes apacibles presentan el paisaje aislado, el remanso solitario donde se unirán los amantes. Sin embargo, conforme avanza la trama, este estribillo va a convertirse en el signo claroscuro que ya no solo anuncia el amor, sino cierta melancolía. Se escucha por segunda ocasión después del reencuentro abrazador de los protagonistas tras cuatro años de no verse, marca el regreso a las montañas. La breve reunión proyecta su belleza sobre el paisaje, es una pequeña llama que brilla en medio de una existencia a la intemperie: “¿Por qué siempre tenemos que pasar frío?” le reclama Jack a Ennis casi al final de filme y la frase, más allá del sentido obvio, pareciera aludir a la miseria de ambos, la imposibilidad de sus encuentros: la necesidad de recluir su amor. Por último, la estrofa (ahora integrada en “Brokeback mountain III”) aparece esbozada junto al lago, cuando Ennis comienza a llorar a mitad de la discusión con Jack sobre la vida que no tuvieron juntos, y el dolor (o reproche) de no poder dejarse. La melodía continúa hasta que se ecucha el estribillo  ahora sí marcado por la guitarra: los protagonistas se abrazan junto a la fogata (Jack siempre tiene frío), quizás uno de los momentos de mayor ternura en el filme. Este es el último encuentro de los protagonistas y por eso el estribillo no volverá a escucharse.


La noticia de la muerte de Twist transcurre en silencio, apenas acompañada por el sonido del viento, habrá un largo silencio (solo interrumpido por sonidos ambientales) hasta que se vuelvan a escuchar apenas unos trazos musicales, una sombra de los instrumentos de viento: Ennis descubre en el armario de Jack las camisas ambos usaron aquella primera vez en las montañas. Después el silencio y una aparente tranquilidad. La última pieza musical “The wings” trae consigo la reconciliación de Del Mar con su hija, pero también una última evocación al nexo entre los amantes. La puerta del armario se abre y muestra las camisas de los vaqueros colgadas juntas como en un abrazo que no se da, y a un costado el paisaje (una postal) de Brokeback Mountain. Hay un tono que se antoja redentor en esta última pieza, que en esta ocasión sí marca con énfasis su final. ¿Pero cual es esa redención si apenas quedan unas palabras truncas y unas lágrimas para Ennis del Mar? Una fogata que brilla en medio de un paisaje agreste, la cartografía silenciosa de un amor que sobrevive a la muerte.  

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